miércoles, 26 de febrero de 2014

ENSAYO SOBRE EL HOMBRE Y SU RELACIÓN CON DIOS


ENSAYO SOBRE EL HOMBRE
Y SU RELACIÓN CON DIOS
-1970-

©Giuseppe Isgró C.


En el curso de los milenios, la proliferación de ideas y conceptos sobre Dios ha permitido que pueda existir gran confusión y constante duda sobre la “insondable” personalidad de Dios.
Desde las épocas primitivas, cuando el hombre temía al rayo, a los truenos y a otros fenómenos naturales, concibió ideas de adoración y de ofrendar sacrificios que pudieran granjearle la simpatía de determinados dioses. Con la evolución de esas ideas y creencias, con el transcurso del tiempo, pasando por la adoración de los espíritus de los antepasados, etcétera, hasta concluir con el concepto monoteísta que en diferentes partes del mundo conocido, en cada época, fuera propagado por gran número de “guías de pueblos”, patriarcas, profetas, entre los cuales, nombrando sólo algunos, tenemos al “Hellí”. de Abraham, al Jehová, de Moisés, al Dios Atón, de Aknatón, en Egipto, etcétera, quienes han conducido las creencias hacia la existencia de un solo Dios Universal.
Cada nueva generación hace posible la introducción de “cambios” que aportan “nuevas luces” e “innovaciones” sobre los más arduos problemas del hombre, sus relaciones con una “casi ignorada” causa superior de los reinos espirituales, de los cuales, la proliferada división de creencias impartidas por las múltiples religiones, han sembrado la más espantosa oscuridad en las conciencias, cuyos cimientos arcaicos y dogmáticos, las nuevas generaciones se están haciendo cargo de demoler, para establecer ideas más dinámicas y acordes con la evolución que la humanidad está viviendo en los momentos históricos actuales tan trascendentales.
El hombre, por su condición intrínseca, al referirse a alguna cosa, tiende siempre a relacionarlo con las experiencias que él posee. Es común observar como el ser humano atribuye a Dios sus propias cualidades e imperfecciones humanas. Los conceptos que de Dios el hombre tiene, pareciera que lejos de ser un Creador Inmutable, fuese un Dios parcial, vengativo e injusto y terrible.
De igual manera se atribuye a Dios el don de perdonar si el pecador se arrepiente y algún semejante, “uno de sus ministros” le absolviera. Como si la naturaleza no diera suficientes manifestaciones y pruebas del rigor -de causa y efecto- que sigue a la infracción de las inmutables leyes.
Es frecuente ver que existen personas que creen que Dios puede permitir o impedir algunas realizaciones del hombre de manera arbitraria, dado que, si Él hizo las leyes, se piensa que también puede modificarlas.
Acertadamente, Joaquín Trincado, expresó: -“Dios hace todo cuanto debe y no cuanto quiere”-.
Cierto día, recuerdo haber oído a alguien que preguntaba a su amigo: -“¿Vienes mañana?” Y el amigo le contestó –“Bueno, ¡si Dios quiere!” Mientras que el amigo, sonriente, nuevamente, le decía: -“Bueno, ¡si Él no quiere, te vienes a escondidas!” Esto evidencia hasta que punto el hombre ha humanizado a Dios, pero también señala su despertar cuando ya comienza por romper los lazos del temor y de la superstición respecto a Dios.
Los clásicos y fantásticos infierno y paraíso, por los que fuera posible aumentaron, en el plano económico, los “millones” en las distintas instituciones u organizaciones de índole religioso, de manera especial en la llamada “iglesia universal”.
Pese a que a la ciencia le ha resultado fácil y ya ha sido posible demostrar la carencia de fundamentos de esas creencias, sin embargo, persiste una ola de confusión, especialmente en las mentes muy religiosas y fanáticas, en los últimos intentos de esas instituciones por mantener un poco más sus influencias.
La misma concepción absurda del “diablo” ya fue posible que rodara por el suelo, cuando las mentes abiertas no tuvieron prejuicios de abordar temas tan “delicados” e “insondables”. A tal objeto, cabe mencionar lo que a continuación copiamos del interesante libro “El Diablo” de Giovanni Papini: -“En una de las primeras páginas del librito de texto el pequeño Byron leyó estas palabras que nunca olvidó: “Dios hizo a Satán y Satán hizo el pecado…..Jorge (Byron) había sido educado por su niñera Mary Gray en un temor saludable a Satanás y de sus llamas eternas. Pero ahora en el libro le enseñaban que Satanás había sido hecho por Dios y que este hijo de Dios había tenido por hijo el pecado. ¿Cómo Dios, entonces, había creado a Satanás con capacidad para errar, para pecar y para hacer el mal? Dios era el Padre de Satanás y Satanás era el padre del pecado. Y una de dos: o no debió poner en el mundo a Satanás o debió haberlo hecho de una sustancia más pura, incapaz de perjudicarse a sí mismo y a los demás”. –“Razonamiento de niño?”, -pregunta Papini, y él mismo se responde: -“De acuerdo, pero, ¿acaso no ha dicho Jesús que a los niños ha sido dado comprender aquello que es oscuro a los sabios?”.
No obstante, a la luz de este trascendental siglo, y con los aportes de las nuevas generaciones, ya es posible vislumbrar un “Principio Creador” muy por encima de los absurdos atribuidos a Dios hasta ahora. La demostración repetida de la Reencarnación ha puesto en evidencia el reflejo superior de una “Ley” o “Justicia Divina Superior” muy digna del Creador Universal y de sus inmutables leyes, de las cuales, una muy fundamental, en ciertas instituciones de estudios superiores de filosofía o en la Escuela Espírita, se conoce con el nombre de “Ley del Karma” o “Ley de Compensación”.



La frase: “Dios creo al hombre a su imagen y semejanza” no es sino una tergiversación de la correcta expresión: -“Dios creó al hombre a imagen y semejanza de su naturaleza”; lo cual es muy distinto.
Sólo la acentuación de la ignorancia ha hecho posible que el hombre adorara como Dioses a maestros, profetas o misioneros de la antigüedad, tal como aconteció con Krisna, Jesús y otros.
El hombre, en la medida que evoluciona desecha las creencias cuya falsedad comprueba. Hoy ya comprende que no puede existir un Dios de Venganza, cuyo hecho más despreciable sería condenar eternamente a sus hijos. Así como, el de colocar para una sola existencia a cualquiera de sus hijos en el mundo de vicisitudes como el planeta tierra para luego condenarle a sufrir eternamente, como si ya no le hubiera sido suficiente la vida de luchas terrenas. Además, por otra parte, las vidas de gran número de individuos a quienes la “institución artífice de tales extravíos” elevara a la categoría de “santos” reflejan un cuadro poco halagador en cuanto a la práctica de todas las virtudes.
Las personas familiarizadas con la doctrina de la Reencarnación y la ley de compensación, comprenden perfectamente lo que de cierto hay sobre el punto anterior.
Ya el ser humano, en cada nueva generación, y de manera especial en los actuales momentos históricos, piensa en un Principio Creador, del cual emana todo lo existente; quien formalizó –en el eterno presente- las inmutables leyes –universales- las cuales comienzan por conocer y cumplir, aunque las fundamentales, sin conocerlas, también las cumple, pues como dijera Jesús: “Ni una hoja de un árbol se mueve –por la ley cósmica- sin la voluntad del Creador”. La ley por sí misma se manifiesta y el hombre sin darse cuenta no escapa de su fuerza de gravedad.
El hombre se percata de que a Dios es “imposible” que pueda conocerlo, a no ser por el reconocimiento de su grandeza en la grandeza de la naturaleza y en ella “conocerse a sí mismo”. Acertadamente expresó Quilón, el Lacedemonio: -“Hombre, conócete a ti mismo, que el estudio propio del hombre no es conocer a Dios, sino conocerse a sí mismo”. –Aquí reside el gran secreto para conocer a Dios. Primeramente el hombre debe conocerse a sí mismo; entonces conocerá a Dios, dentro de sí mismo y del que forma parte en una unidad perfecta e indisoluble. Al descubrir su propia divinidad, lo hace simultáneamente con la de Dios. La condición sine que non es conocerse a sí mismo, y en el mismo instante y grado, conocerá a Dios. Una pregunta interesante: ¿No conocemos ya a Dios? ¿No les hemos visto ya cara a cara, en la Rueda de la vida, en el Círculo y el Signo Más? Tratemos de recordar……subjetivamente, interiorizándonos profundamente, muy profundamente, con confianza. Nuestro Espíritu ya Le conoce. El constante recuerdo de su nombre nos conduce al recuerdo del recordado. Cuando Le veamos, en el Círculo y el Signo Más, en la Rueda de la Vida, nos percatamos, enseguida, de que ya Le conocíamos y apenas breves instantes antes se tiene la certeza de que se la va a ver. La meditación en los atributos divinos –valores universales- nos lleva al conocimiento de los propios atributos divinos o sentidos cósmicos, facilitando la práctica de todas las virtudes. Es preciso para ello una elevada depuración del propio Espíritu y vibrar a frecuencias acordes al fin propuesto. Es el testimonio de quienes aseveran este tipo de experiencias. Su número en el tiempo es mayor de lo que podría pensarse. (Nota del autor del día 25 de julio de 2009).
Bastante es la labor que el hombre tiene para conocerse a sí mismo. Es su misión inmediata, por lo que reconoce la presencia del Principio Creador cuya grandeza es un estímulo en el conocimiento y cumplimiento de sus leyes. Evoluciona, siendo de esta manera posible conquistar más conocimiento de sí mismo. La contemplación estática sobre la naturaleza y la meditación pasiva sobre Dios no aportan beneficio alguno para la evolución del hombre. El hombre debería destacarse por su acción en todas las labores desechando para siempre la pasividad. Sólo el estudio activo y el constante trabajo permiten la evolución, la que hace posible la presencia de la Fe Viva, por el conocimiento y la sabiduría. Es preciso recordar que en lo que se centra la atención se expande la conciencia intuitiva y el poder creador.
Mediante el desarrollo alcanzado por la Psicología Experimental, -y las diversas corrientes de pensamientos- ha sido posible que el hombre verificara que la presente existencia es sólo una de las miles –o millones- que ha tenido y que tendrá en el futuro, en este planeta y en infinitos otros. Sabiamente expresó Kardec: -“Nacer, desencarnar y volver a nacer”, mientras que el filósofo Trincado corrobora lo mismo en la proclama del programa perpetuo de estudio “La vida eterna y continuada”.
El conocimiento de lo que acontecerá al hombre después de dejar la materia humana, unido a la comprensión de la Ley de Reencarnación, permite derribar, desechando, gran cúmulo de supersticiones sobre la “desencarnación”, despojándose la mente de absurdos dogmas, quien ya ha dejado de sentir temor de un supuesto Dios de “Venganza” e “ira”, sino que mediante la acción continua deberá reparar –compensando- los perjuicios que habrá podido ocasionar y –de esta manera- evolucionar.
El hombre actual, generalmente libre pensador, ya dejó de lado la adoración de imágenes y figuras porque comprende que al Principio Creador, esa no es la forma adecuada de adorarle o amarle. Comprende ya porque Isaías había condenado a los Dioses de barro y palo. Moisés, también es muy explícito cuando en el Decálogo dice: -“…¡No harás para ti obra de escultura ni figura de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de las cosas que están en las aguas debajo de la tierra, no las adorarás ni le darás culto”!
El filósofo Joaquín Trincado, en una de sus múltiples obras, cuando se refiere a la adoración del Principio Creador, sabiamente expresa: -“…la adoración al Padre será en espíritu y verdad y con el pensamiento, sin fórmulas de oración que representan la rutina o el pensamiento de quien la compuso. El “espíritu” debe expresar por el pensamiento la necesidad o la alegría del momento, de pedido o de gratitud, y basta pensar en el Padre, sabiendo que somos sus hijos y nuestro pensamiento en estas condiciones llega a Él y porque con vosotros están espíritus afines que recogen vuestro pedido y nos sirven de intermediarios; pero los cantos de amor, de plegaría o gratitud hechos en común, son de mayor intensidad y son del agrado del Padre porque representan vuestras alegrías y unidad en el Pedido”. Nosotros, hoy en día, quienes promulgamos una espiritualidad directa centrada en el Creador Universal, estamos conscientes de que en la relación del hombre con su Creador son innecesarios los intermediarios. Empero, la asistencia espiritual de los afines, guías y protectores, es siempre de gran utilidad y apoyo y forma parte de la solidaridad universal.
El hombre tiene como templo el Universo, en él cumple las leyes naturales, su misión de “acrecentar la creación y ser maestro de la misma” y para elevarse a Dios lo hace sin fórmulas ni ritos. Bástale su potente pensamiento. La mejor manera en que el hombre puede adorar a Dios, es amando al semejante; la mejor oración es el trabajo productivo; el más sabio preceptor espiritual es la conciencia; el mejor perdón: reparar las faltas cometidas.
El hombre actual debería estimular las cualidades superiores del ser; intensificar su evolución, y saber que existe un Principio Creador, que tiene leyes inmutable, las cuales es preciso cumplir, pero también conocer, única manera de acentuar la propia evolución y demoler los castillos de la superstición respecto a la personalidad de Dios.
El Gran Pedagogo es Dios, -el Creador Universal: ELOÍ-, quien se expresa en la conciencia por medio de los sentimientos equivalentes a los valores universales. Es la Ley Cósmica en acción por medio de la conciencia. La ley de afinidad es la gran ordenadora del universo, con el veredicto de la ley de justicia, con la cooperación de la ley de compensación y la ley de igualdad, -en la ley y ante ella-. Por su intermedio, el ser recibe su salario cósmico de acuerdo a la obra realizada, el cual le ubica y reubica, constantemente, en el orden que le corresponde en armonía con su suma existencial.



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